UN POCO DE MEMORIA SOBRE LA MEMORIA
“La poesía en sí fue un acto de recordación ideado para
inducir una respuesta en la memoria de los asistentes. La poesía épica griega e
inclusive la historia antigua tuvieron como meta preservar en las mentes de los
contemporáneos las legendarias hazañas de sus antepasados. Los libros fueron
más bien un ayuda a la memoria del individuo, no un sustituto de ella.
Las culturas orales fomentan un tipo de pensamiento
asociativo que no es muy común en una cultura de imprenta.
El hecho es que el arte de la memoria sobrevivió a la
destrucción del Imperio Romano de Occidente y es muy probable que no perdiera
popularidad ni en la Edad Media ni en el Renacimiento.
Otras técnicas de memoria del mundo antiguo se continuaron
en la Edad Media y en el Renacimiento: la memorización simple (sin invocar la
magia) y el manuscrito. El gran cambio se presentó con la introducción de la
imprenta.
En esta rigidez el libro fu característico de toda la era
mecánica, ya que así como las ideas quedaban fijas en la página impresa, así
también la información mecánica se fijaba en los engranajes del reloj, en el
motor de vapor o en la dínamo.
En forma gradual, se hallaron modos de almacenar y de
expresar mecánicamente la información. El mejor ejemplo es el telar de Jacquard
inventado hacia 1800 y que entretejía dibujos en la tela de seda de un modo
automático. Al telar lo controlaba una serie de tarjetas de madera, en las
cuales unos agujeros hechos con punzón determinaban la entrada de diversos
hilos, y así generaban el dibujo. Este dibujo se podía alterar simplemente
agujereando nuevas tarjetas. Babbage trató de usar tarjetas perforadas en su
Motor Analítico, en tanto que, a fines del siglo Herman Hollerith las empleó
con buen éxito para tabular el censo de los Estados Unidos. Entonces empezó la
gran edad de las máquinas tabuladas, que leían, concordaban, duplicaban,
devolvían y en ocasiones destruían interminables pilas de tarjetas. Esta edad
llegó a su fin en los años 1950 con la introducción de computadoras y de la
cinta magnética.”
Extraído de varias páginas de “El Hombre de Turing” de David
Bolter

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