viernes, 12 de octubre de 2012

Gödel, ciudadano americano


Corría el año 1946 cuando Gödel iba a convertirse en ciudadano americano. Me pidió que fuese su testigo; como segundo testigo propuso a Albert Einstein, que también aceptó de buen grado. Einstein y yo (Oskar Morgenstern) nos habíamos visto ocasionalmente, y ambos teníamos grandes expectativas sobre lo que podía ocurrir antes del proceso de naturalización e incluso durante dicho proceso.
Gödel, a quien veía con frecuencia en los meses previos al acontecimiento, empezó a prepararse de forma muy concienzuda. Gödel era una persona meticulosa, así que empezó a estudiar historia de la colonización de Norteamérica. Eso le condujo al estudio de la historia de los indios americanos, sus diversas tribus, etc. Me llamó numerosas veces por teléfono para que le aconsejase libros, que leía con suma atención. Gradualmente surgieron muchas preguntas y dudas sobre la corrección de estas  historias y las peculiares circunstancias que en ellas se revelaba. A partir de ahí y durante semanas posteriores, Gödel pasó a estudiar historia americana, haciendo particular hincapié en temas de derecho constitucional. Eso lo condujo a su vez al estudio de Princeton, y en especial quiso que yo le explicase dónde estaba la frontera entre el distrito y el municipio. Por supuesto, yo intenté hacerle comprender que esto era totalmente innecesario, pero fue en vano. Él insistió en averiguar todos aquellos datos que quería saber, de modo que le proporcioné la información pertinente, incluso acerca de Princeton. Entonces quiso saber cómo se elegía el Consejo de Distrito, el Consejo Municipal, quien era el alcalde, y cómo funcionaba el Concejo Municipal. Pensaba que era posible que le preguntasen acerca de esos asuntos y que, si demostraba que no conocía la ciudad en que vivía, causaría mala impresión.
Intenté convencerlo de que esas preguntas nunca surgían; de la mayor parte de las preguntas eran simple formalidad […]


Y entonces sucedió algo interesante. Con cierta preocupación me dijo que, al examinar la Constitución y para su disgusto, había hallado contradicciones internas y que podía demostrar cómo, de forma perfectamente legal, era posible que alguien se convirtiese en dictador e instaurase un régimen fascista que aquellos que redactaron la Constitución nunca pretendieron. Le  dije que era muy improbable que algo así sucediese nunca, aun suponiendo que tuviese razón, cosa que yo, desde luego, dudaba. […] Se lo comenté a Einstein que, horrorizado de que a Gödel se le hubiese ocurrido una idea así, también le señaló que no debía preocuparse por referirse a esas cuestiones.
Pasaron varios meses y finalmente llegó la fecha del examen en Trenton. Aquel día pasé a recoger a Gödel en mi coche y luego pasamos por Einstein. 


Durante el viaje, Einstein se volvió levemente y preguntó “Y bien, Gödel, ¿estás realmente bien preparado para el examen?” Por supuesto, ese comentario alteró profundamente a Gödel, que era lo que Einstein pretendía; su semblante de preocupación de Gödel le pareció muy gracioso. Cuando llegamos a Trenton nos hicieron entrar en una gran sala y, aunque en general se interroga a los testigos por separado del candidato, se hizo una excepción en deferencia a Einstein y nos invitaron a los tres a sentarnos juntos, con Gödel en el centro. El examinador preguntó primero a Einstein, luego a mí y si opinábamos que Gödel sería un buen ciudadano. Le aseguramos que sin duda alguna era así, que se trataba de una persona distinguida, etc. Entonces se volvió hacia Gödel y dijo:
-Bien, Mr. Gödel, ¿de dónde viene usted?
-¿Qué de dónde vengo? De Austria.
-¿Qué forma de gobierno tenían en Austria?
-Era una república, pero debido a la constitución la forma cambió a una dictadura.
-¡Vaya! Que mala fortuna. Eso no podría suceder en este país.
-Claro que sí.  Y puedo DEMOSTRARLO.
Así que, de todas las posibles preguntas, el examinador tuvo que formular precisamente la más delicada. Einstein y yo nos mirábamos horrorizados durante esta conversación; el examinador fue lo bastante inteligente para tranquilizar enseguida a Gödel diciendo “Dios mío, no entremos en ese terreno” y, para nuestro alivio interrumpió el examen en ese mismo momento.

Extraído de "¿Es Dios un Matemático?"  de Mario Livio

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